Cinco días antes de la cena de Riccioli dejé de fumar. Me había resfriado y estaba mal. Pero, ¿sabías que cuando dejas de consumir cannabis comienzas a soñar? Resulta que al consumir altos niveles de THC muchas veces dejas de soñar, o al menos de recordarlo. Y soñar, para mí, es algo revelador.
Imagina esto: cuando sueñas que caes al vacío y despiertas de golpe, es porque tu cerebro lanza esa alerta para sacarte de un estado en el que tu respiración se está volviendo demasiado lenta. Cada sueño tiene un mensaje de lo que está sucediendo en tu cuerpo.
Pues bien, cinco días antes de la cena soñé con una mesa que echaba fuego. Créeme: no me equivoqué. Esa noche hubo fuego.

Una puesta en escena mística
La cena fue de seis tiempos, con cada detalle cuidado al extremo: estética mística, luces semioscuras, sensualidad y misterio en el aire.
Al llegar, te pedían elegir una carta: ¿azul o roja? Me recordó a esa escena de Matrix, cuando Morfeo le ofrece a Neo decidir entre conocer la verdad o seguir en la ilusión. Ahí, en la misma recepción, comenzaba el juego mental.
El lugar: un 10/10. Hermosa puesta en escena. Y una segunda sorpresa nos esperaba: la artista Agustina Becerra pintaba en vivo la cordillera, con sus manos, mientras esperábamos la cena. Nada mejor que el arte sucediendo frente a ti antes de sumergirte en un viaje gastronómico.

El viaje de sabores según Riccioli
Después de vivirlo en carne propia, le pedí al chef que me contara su inspiración.
“El menú está inspirado en mi viaje gastronómico y de vida. Cada plato es una deconstrucción: mezclamos raíces venezolanas, técnicas argentinas y un toque asiático. Queríamos que cada paso fuera un elemento, un movimiento en el viaje.” – Bryan Ramos Riccioli

El primer tiempo fue una deconstrucción del pabellón venezolano, transformado en dumplings de carne mechada. Esa carne, un vacío argentino cocinado durante más de 12 horas en sous-vide (técnica a baja temperatura que concentra aromas y sabores), servida con salsa nouc-cham: agridulce, picante, inolvidable.
Luego llegó un bao reinterpretado desde la Navidad venezolana. Donde solemos comer pernil (por cierto lectores, las arepitas de pernil de mi ciudad son lo máximo.. continuemos) , él puso un osobuco argentino cocinado en disco, marinado con los ingredientes clásicos de las fiestas en Venezuela. La carne tierna y potente se servía dentro de un pan asiático esponjoso, coronada con queso de cabra de San Juan, pistachos y almendras. Todo acompañado con una soda cannábica infusionada con terpenos de Chocotangie x Mimosa (terpenos destilados, no oleosos).
Cada plato representaba un elemento:
- Raíces: los dumplings.
- Fuego: el lo mein.
- Aire: el bao.
- Agua: la trucha mendocina.
- Éxtasis: el postre.

Lo que yo probé
La propuesta era una fusión de sabores asiáticos con alma mendocina y venezolana. Podías comer con cubiertos o con las manos algunas cosas… yo, obvio, elegí con las manos.
Primero llegaron los dumplings rellenos con esa carne mechada que me llevó directo a mi tierra, que no te puedo explicar con palabras esa sensación a mi paladar y a mis memorias. (tienes que vivirlo tu y ahí entenderás)
Después un wok asiático que aunque no me sorprendió mucho, quizás los mendocinos tendrían otra percepción ya que fue acompañado con un ordero patagónico, pero de gustos, colores y sabores.. Más adelante un bao con pernil, con un sabor navideño venezolano que casi me hizo llorar. Quería pedir diez mil para llevar y una de las cosas que más me explotó la cabeza fue la copa de vino con humo de cannabis servido en Studenglass ¿WTF? Bryan, qué cosa tan asombrosa.
Cerraron los platos salados con un ceviche con patacones que me devolvió a Maracaibo, justo en ese momento sonaba Más Que Suficiente de Viniloversus y te cuento que la música también era parte del viaje.

Cannabis presente, pero no psicoactivo
La comida no tenía psicoactivos, pero sí estaba atravesada por la planta: terpenos en tragos, vapes y vaporizadores que acompañaban cada paso.
Todavía recuerdo una limonada frutal con hoja de CBD y terpenos de la misma variedad, maridada con un vape del mismo CBD. Una locura sentir los sabores desde diferentes sentidos al mismo tiempo.

El momento inesperado
Antes del postre nos vendaron los ojos.
¿Te atreverías a vivir una experiencia íntima, sexual o introspectiva en medio de 50 personas?
Yo sí.
La mente volaba. No sabías si alguien te iba a hablar, a tocar, o simplemente a dejarte contigo misma. Escuché unas ondas que me llevaron a un lugar de paz y gratitud absoluta.
Me sentí como Jack en la cena con los ricachones del Titanic, pero versión Nnábica: hacía unas noches no tenía dónde vivir, y de pronto estaba en la cena más cannábica de Mendoza, tomando vino en la mesa del dueño del restaurante. La vida es un regalo y no pienso desperdiciarla.
Cuando me quitaron la venda, un postre me esperaba delante. Dulce y vibrante, igual que mi corazón en ese instante.

Cuando me quitaron la venda, un postre me esperaba delante. Dulce y vibrante, igual que mi corazón en ese instante.
Parte de mi experiencia
¿Cuánto cuesta?
La experiencia ronda entre 75.000 y 100.000 pesos argentinos. Que incluye una comida gourmet, vinos, bebidas, postre, performance artística, cannabis como hilo conductor… vale cada peso. Mis amigas, que pagaron, dijeron que repetirían sin dudarlo.
Yo fui invitada, como toda una Jack Dawson.
El fin (o el inicio)
Hay cosas que no puedo contarte… porque lo que pasa en la cena de Riccioli, se queda en la cena de Riccioli.
Si quieres descubrirlo, no te queda más remedio que apuntarte a la próxima.
👉 Te dejo los detalles aquí: [Ricciolli]